La próxima semana se van a publicar en la web del Tous pa Tous los nombres de las casas del concejo y barrios de Cangas, recogidos parroquia a parroquia y pueblo a pueblo, que suman alrededor de tres mil nombres. El pasado mes de diciembre ya habíamos adelantado aquí algo sobre este trabajo. El asunto nos parece importante, porque el nombre de la casa es el que en muchos casos identifica a los vecinos del concejo. Todos tenemos nombres y apellidos, pero con frecuencia éstos no sirven para identificarnos ni para que nos identifiquen. El comentario que publicamos a continuación sobre esta materia, escrito por el antropólogo Adolfo García Martínez, incide en este aspecto y deja claro el papel de la casa y de su nombre en nuestra sociedad. Adolfo es profesor asociado de Antropología de la UNED.
LOS NOMBRES DE LAS CASAS
En Asturias, especialmente en el medio rural, las casas tienen un nombre o apodo. El origen del mismo es difícil de determinar. Existen algunas posibles razones de ello, tal como la ubicación en el espacio del pueblo y, más frecuentemente, determinadas características de alguno de sus miembros, generalmente ya desaparecidos: oficio, procedencia, algún rasgo físico, su propio nombre o alguna otra circunstancia destacable.
El apodo de la casa operaba en el ámbito del pueblo, de la parroquia y de la zona o del valle. Es decir, en el marco de lo que se podría denominar una vecindad amplia y que se comunicaba por medio de la palabra. Más allá de estos límites, donde hacía acto de presencia la "sociedad otra" y el medio de comunicación era a través de los papeles oficiales –recibo de pago de impuestos y otros documentos oficiales, correspondencia, etc.-, el nombre o apodo de la casa ya no aparecía, y sí el de sus moradores con su nombre de pila y sus apellidos.
El nombre de la casa representaba los dos grandes ejes de la misma: la casería (con sus tierras, prados, ganado) y la familia. Los individuos eran identificados y hasta catalogados, desde la cuna hasta la tumba, por su pertenencia a tal o a cual casa. Hasta tal punto era esto cierto que resultaba poco menos que imposible liberarse o borrar la marca que la casa grababa, generación tras generación, sobre cada uno de sus miembros. Cuando llegaba alguien de afuera a la casa, principalmente a través del matrimonio, debía "morir" a su casa de procedencia y “nacer” en su nueva morada, un proceso que duraba muchos años, y hasta que no lo lograba era un miembro marginal o en estado liminar.
En síntesis, los individuos estaban "casificados", y el que no tenía casa "no existía", no tenía identidad ni vecindad. Con el proceso de cambio de la sociedad tradicional las casas siguen conservando su viejo nombre, pero el individuo existe y se conoce por sus cualidades y se le identifica mediante su nombre de pila y sus apellidos. Es decir, tiene la identidad que él se construye.
Adolfo García Martínez Oviedo, diciembre 2009





















