Por Alfonso López Alfonso
Viajar es ampliar horizontes y desde los lugares más cómodos de la tierra la gente se puede mover con ese espíritu heredado del Romanticismo que busca arrimar a los propios los mitos ajenos, acercar lo desconocido. Pero para millones de personas a lo largo de la historia y hasta hoy mismo hay una manera distinta de viajar en la que las aventuras surgidas durante el trayecto no se buscan, sencillamente se encuentran. A esa manera de viajar, forzada por la necesidad, la llamamos emigración. Si viajar, como dice Antonio Muñoz Molina, sirve sobre todo para aprender sobre el país del que nos hemos marchado, emigrar obliga además a aprender algo sobre el país al que se llega. Después de la Segunda Guerra Mundial

Australia necesitaba mano de obra para las plantaciones de caña de azúcar, de tabaco, frutas y cereales, para la industria, para todo, y hasta allá, en las antípodas, fueron llegando italianos y griegos durante los primeros años cincuenta. Entre 1958 y 1963, en lo que se conoció como Operación Canguro, llegaron también unos pocos miles de españoles con pasajes subsidiados y programas de reunificación familiar. Aquel país del confín del mundo era un vasto continente joven y de mayoría aplastantemente anglosajona en el que imperaban políticas manifiestamente descabelladas para con los aborígenes, y allí, como nos hace saber Jorge Carrión en su libro
Australia, un viaje, a estos inmigrantes morenos y más bien bajitos que llegaban del sur de Europa se les llamaba despreciativamente
wogs, que venía a ser, para entendernos, un poco el equivalente australiano al desprecio que por esos mismos años despertaban entre los asturianos los trabajadores llegados desde otros puntos de la geografía española atraídos por ENSIDESA, a los que se les llamaba con poco cariño, recordemos, “coreanos”.